Miércoles itinerantes de poesía
2do. Miércoles itinerante de poesía en Café Hexen (Dentro de Casa de Mora)
02-04-08
José Manuel Ruiz Regil
Esta suerte de foros contenidos en otros foros a manera de matrushkas escenográficas está resultando interesante. La lectura de poesía en el Teatro de Café Héxen, comparte sus aplausos con el sonido del bandoneón de la clase de Tango en La Carpa. Al mismo tiempo se ensaya una obra en el teatrito “Tespis”, mientras se prepara otro espectáculo en foro del café Bagdad. La cafetería interior ofrece unos pasteles deliciosos que van muy bien con las infusiones de afuera. Todo rodeado de libros, antigüedades, repisas, espejos, mesas de las que cuelga, como en bazar, una etiqueta en blanco abierta al regateo.
En medio de este colorido de telones y las luces ámbar y esmeralda propias de la escena, la pintura de Felipe Gaytán preludia, transludia y posludia lo que será palabra en voz de los poetas. Habíamos visto “Yo nací un día que Dios estaba enfermo II” (II porque el primero es Vallejo) la semana pasada. Esta vez la paleta del artista combina ocres, jade y barriobajo para dar vida a una escena en la que tres personajes masculinos juegan con sus miembros erectos, dejando claro, en el más explícito discurso machista, quien manda. Y por si fuera poco, el título de la obra lo constata: “Armas peligrosas”. (al INEGI me remito).
Con esta atmósfera de autoafirmación de lo chingón abre la noche Mario Dux. Su poesía no sugiere, ordena; no concilia, arrebata. De pie ante el atril repasa sus hojas. Revive los instantes del reclamo. Encarna la resistencia. La sombra del padre Burroghs lo acompaña, como lo hacía en los cafés donde el verso levantaba lo que la guerra había tirado. La sensación de desamparo es la misma. Sólo ha cambiado el escenario. Su locución es iluminada a ratos por ese medio tono entre el panfleto y el predicador, y de pronto es visitado por el Morrison de Horse Latitudes. Dux canta al amor, a la boca seca, a la ausencia siempre presente aún en medio de la bola.
Lo sigue Mario Hernando de Alarcón, quien con una actitud tímida ante el micrófono y ausente del público arregla sus textos por orden de desaparición. Poesía experimental de tintes creacionistas, cuya musicalidad compensa la lectura introspectiva, y va como gasa flotante, arrebolándose en el cuello de los asistentes, subiendo, subiendo en espiral para bajar a ras de piso y elevarse nuevamente y, quizás, volver al remolino de palabras y silencios para construir más tarde un cerro de terrazas, como aquellas donde nace y se cultiva el arroz en oriente. Poema sin su piso. Cielo abierto. Habría que saber que el poeta es políglota y que no se conforma con saber de lenguas romances, caucásicas o dravídicas, sino que además, se ve en la necesidad de crear un lenguaje con el que nos deja una música sonante y despide su intervención.
“Mi padrino Fernando era puñalón” de Ricardo Guzmán, un verdadero homenaje a la escisión entre fondo y forma. Picaresca ajustada con corsé a los metros clásicos. Alburerías machistas de logrado efectismo muy a tono con la obra plástica de la noche. El versificador se confiesa “pepófilo”, (amante de la pepa) como si no hubieran desfilado por el podio suficentes, sólo que ninguno había usado la prosa para hacer poesía, y viceversa. “Wilebalda la insoplable” cosifica a la mujer, con tal descaro que la misma lo agradece. Y así como le gusta al macho pragmático hablar de sus conquistas, en vez de decir aquí nomás mis chicharrones truenan, mira de reojo al cuadro y grita: “¡Ai les va la de hacer gente!”
Noche de tolerancia. Diversidad hecha palabras. Equilibrio perfecto entre el delirio revolucionario de Mario Dux y la procacidad disfrazada de Ricardo Guzmán, quienes encuentran un punto de contacto en el viaje interior de Hernando de Alarcón. Una muestra más de que existen tantas poéticas como individuos, y que ninguna pesa sobre otra. Todas conviven en los miércoles de poesía itinerante de VersodestierrO.
Hasta la próxima.
