Después de vivir
Después de vivir
José Manuel Ruiz Regil
18 –03-08
Murió Donato Sierra. Así firmó su obra en el último período. Es raro. Saber con certeza que no pintará más. Tanto como saber que lo hizo siempre. Aunque no fuera con pincel, sino con la mirada, con el recuerdo de lo mucho visto, con el genio de lo posible, con el cinismo del “¡Qué chingaos!”. Su mirada sagaz logró captar la temporalidad del infinito; su diestra zurda trazó la levedad de la tragedia; su amistad generosa, abrazó por encima del tiempo los afectos, sabiéndolos ciertos, aún en las ausencias. “Nos veremos antes de morir”, predicaba.
Viejo lobo de mar al que ninguna tormenta venció, ni siquiera dos embolias, tres pulmonías o un infarto. Su voz cavernosa de marino avezado afirmaba “voy a salir de esta nomás por joder. Porque soy necio”. Preparaba el pincel de aire para practicar en su convalecencia, haciendo Lilis en la cenefa de su sala. Jugaba a escribir al revés, como Da Vinci, para leerse en el espejo. Cosa que le daba un placer infantil que contagiaba. Ya había llenado las paredes con visiones de lo cotidiano, resaltando con malicia aquel detalle que desmantela los dobleces de la moral, el sinsentido de la rutina, el guanteblanco a la academia, lo ridículo de la pretensión, lo anodino de lo populachero, la exquisitez de la inocencia, la metafísica del albur, la pasión y la muerte, afoljándole el mango a la guadaña.
Nostálgico de la belleza, admiraba a García Lorca. “Nos lo mató el pendejo de Franco”. Aludía al cante jondo con anhelo vivificante de otras épocas. Gustaba del Jazz y del blues y de la chela como de un divertimento apenas superior al de hacer quinielas y apostarle al Cruz Azul. Guardaba bajo el brazo un arsenal de trucos prácticos de diseño, arquitectura, cocina y otras artes, dignos del más alto ingenio mexicano, recogidos en sus migrantes mocedades. Oriundo orgulloso de la Morelos, apostaba “miracabrones” desde la atalaya de su ego para defender su dignidad de artista lo mismo que velar su bonhomía y sabotear cualquier atisbo de falsa ceremonia.
Ocurrente, dicharachero sin florituras, ingenioso jugador de las palabras. Parco y punzante. Pintó, grabó, talló, esculpió, ilustró, intentó negocios y, como buen artista, fracasó, volvió a pintar, a dibujar, a bocetar, a modelar la materia –esa que como la suya sólo se transforma-. Siempre estuvo convencido de que en la vida “lo único que puedo perder es dinero”. Porque todo lo demás es ganancia. Derrochó su divisa cual magnate.
Comentarista de lo inefable con “jiribilla”. Necio gozoso dispuesto a empezar de nuevo todos y cada uno de los días. Aún ese en que no despertó más, por quedarse extasiado en un sueño del que no volverá. Ignacio Donato Islas Sierra. Amigo. Hermano. Maestro. Colega. Nos volveremos a ver, después de vivir.
