Arnulfo y su conejo
A Javier y Sebastián
Cuando Arnulfo vio por primera vez la luna, gritó: ¡Quiero un conejo! ¡Quiero un conejo! Pero su padre, bien a bien no se dio cuenta a qué se refería el pequeño exactamente. Lo cargó y lo llevó a la cama. Y mientras lo cubría de besos y cobijas, le explicó que los animales deben estar libres en el bosque, en el cielo o en el mar, y que un conejo se sentiría muy mal de estar encerrado en un departamento tan chiquito como el de ellos. Pero Arnulfo no quería cualquier conejo, sino el que estaba allá arriba, atrapado en la luna, según él. Entonces el padre volvió su cara hacia la luna y recordó una vieja leyenda que cuenta que los Mayas, para evitar que el sol y la luna brillaran con igual intensidad, habían estrellado un conejo en la cara de la luna, y... pero cuando acordó, Arnulfo, ya se había dormido. La sombra de la luna se reflejaba sobre su cara.
Al día siguiente Arnulfo fue a la escuela. En clase, la maestra Angélica les contó que más allá de la luna, que es nuestro satélite, había otros planetas como la tierra, y que todos se mantenían girando alrededor de una gran estrella que llamamos sol.
Luego dibujó unos círculos en el pizarrón, y a cada uno le puso un nombre debajo (mercurio, venus, tierra, marte, Júpiter, saturno, urano, neptuno y plutón), pero eso no pareció asombrar mucho al pequeño. Estaba mucho más interesado en descubrir otro misterio.
Esa tarde volvió a casa y estuvo jugando con sus dinosaurios muy contento. Tanto que no se acordó ni de su tarea, ni de los planetas, ni de nada. Sólo que, curiosamente, todas sus historias tenían por escenario la luna.
Al irse a dormir se asomó otra vez a la ventana, y descubrió que la casa del conejo que quería se había reducido a la mitad. Oh, sí. Era apenas un poco más grande que una media naranja. Y al otro día se había encogido más, y tras unos cuantos más, ya parecía una uñita de bebé, donde, por supuesto, ya no se veía ningún conejo.
Arnulfo pensó que tal vez el conejo se había ido a otro lado. La luna se había hecho demasiado chiquita como para que un animalito tan libre como ese pudiera haber permanecido, según le había explicado su papá.
Pasaron unos días y la luna volvió a aparecer grande y redonda, llena de luz, como un sol de noche. El pequeño llevó a su padre a la ventana y, señalando al cielo, con su dedito inquieto dijo: -¿verdad que un conejo no puede vivir en un lugar tan pequeño?
-No, ya te lo expliqué. –dijo el padre, pasándole la mano sobre la cabeza. -¿Y entonces, adónde se habrá ido el conejo cuando la luna se hizo chiquita como una uña? –preguntó Arnulfo, señalando hacia arriba.
-No lo sé. –contestó el padre, rascándose con un dedo la cabeza- no tengo idea.
-¿Quieres que te cuente algo que aprendí en la escuela? Yo sí creo saber.
El padre intrigado se agachó a la altura de Arnulfo para que este le hablara a la oreja. Entonces, el niño dijo con voz muy queda: -Se va saltando a los otros planetas, que dan vueltas alrededor del sol. Luego regresa a la luna cuando vuelve a crecer. ¿No lo sabías? –preguntó el niño, sintiéndose orgulloso.
-No. –contestó el hombre- sorprendido por el descubrimiento de su hijo. Pero qué bueno que me lo dices. Y se fueron a dormir.
Esa nuche Arnulfo dibujó una zanahoria en una hoja de papel. La amarró a un globo y luego la soltó a la noche para que el conejo la comiera en uno de sus saltos a los planetas.

noche de sol dijo
Justo por esa sencillez de ser niños y la magia de no olvidarlo. HERMOSA FORMA de hacer que desde la luna... ponga los pies en la tierra.
ME ENCANTÒ.
15 Marzo 2008 | 03:36 AM