Al principio no hacía más que bailar. Pero luego comenzó a moverse de manera tan obsena, haciendo que todos los que iban al paso dieran media vuelta y se alejaran, no sin cierto morbo en su despreocupación.
La gente evitaba pasar frente a él. Sólo algunos decidimos esperar a ver en qué acababa el acto erótico que había robado nuestra atención de los aparadores. Era como ver a un mimo frenético hincar el sexo en la mujer imaginaria, dócil, programada a recibir arremetidas tecnológicas.
Al centro de la plaza comercial iba y traía su euforia sádica, montada en vagos contoneos que al alejarlo del sistema, rompieron el virginal enlace entre el hombre y la computadora, ocasionando un corto circuito que fulminó la fantasía.
Y antes de que nos diéramos cuenta de su rostro, su pudor o su congoja, el sujeto huyó despavorido, dejando como único rastro de su concupiscencia virtual, una mascarilla chisporroteante en el suelo, en cuya pantalla parpadeaba "coitus interruptus", en lugar del clásico "game over".

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