(De dominio público, dominación privada)

Era una inocente mañana de los primeros días de primavera. Los rayos del sol atravesaban el follaje de los pinos del Desierto de los Leones. Caperucita roja caminaba recogiendo piñitas. De pronto, sus ojos se llenaron de sorpresa al ver aquella enorme fiera agazapada junto a un tocón, con los ojos desorbitados, fijos en un solo punto del horizonte.

Caperucita, llevada por la curiosidad, se acercó ingenuamente a su verdugo histórico. Observándolo compasivamente le preguntó:

-Lobito, lobito ¿Por qué tienes esos ojos tan grandes?

El animal contestó, con un grito que provenía de lo más profundo de sus entrañas:

-¡Porque estoy cagando!