El sillón de la imaginación
Descubrieron que tenía poderes. Al principio se peleaban por ganar su turno. Luego se organizaron y quedaron por edades. Del más grande al más pequeño. Pero eran tantos los primos, que tenían que esperar mucho tiempo para que les volviera a tocar. Y lo peor de todo era que a veces ni podían usarlo, pues el abuelo lo ganaba y pasaba largo rato ahí, haciendo sus notas, leyendo el periódico, releyendo antiguos libros o simplemente, cabeceando el sueño de los justos. Pero Agustín, el más pequeño de los nietos, se le subía en las piernas y disfrutaba, con sobrada placidez, la envidia que causaba en los demás.
-Así no se vale. –Reclamó un día Federico.
-Con razón a él se le ocurren tantas cosas. No es justo. –Decía Uriel el más grande de los primos, a quien por supuesto, le costaba más trabajo ganar el sillón así, pues ya tenía unas piernas largas largas que mucho le pesaban y casi no podía controlar.
Federico y Asunción habían hecho el trato de sentarse juntos el tiempo que se pudiera y compartir las historias que les vinieran a la mente.
Andrés prefería esperar su turno con paciencia. Había meses en que se iba en blanco, que no lograba ni acercarse al codiciado trono de la creatividad. Pero a él no le interesaba, prefería pasar la tarde jugando con su XBOX 360.
Los padres y tíos los veían con cierta admiración, pero no entendían por qué era tan especial ese sillón. Don Higinio se reía en silencio. Comprendía a los niños y se burlaba de la lógica invención de los adultos.
Una mañana el sillón rojo de cuero amaneció vacío. El abuelo se había ido y no volvería más. Entre lágrimas y sollozos Agustín explicaba a su madre que ya no podrían saber más cosas porque todo lo que les dictaba el sillón era lo que el anciano dejaba cuando estaba sentado. Y ahora que había muerto no se volvería a sentar. Después de las misas y los rosarios, ninguno de los nietos se volvió a acercar a esa antigüedad desvencijada. Perdió todo interés para los jóvenes, pues al irse don Higinio el aposento se vació de cuentos.
A veces Federico inventa frases, pero carecen del humor reposado con que el abuelo las decía, y ese tufo avinagrado de las frases hechas cuando se han rumiado largamente en el silencio.

Satyam dijo
Hoy me dolía mucho mi dedo gordo pero mi mamá me contó del sillón de la imaginación que tiene poderes y se me quitó un poco. ¿Me cuentas otra vez el cuento en la noche papá? Te quiero mucho y quiero comer Luna. Adiós. Satyam
2 Septiembre 2008 | 04:21 AM