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La Coctelera

Variopinto

De esto y de lo otro

16 Enero 2008

¡Click!

Buscó entre sus ropas. Vació el portafolio que cargaba, colgado de un hombro. El hombre de negro giraba en torno suyo, inquiriendo a sus bolsillos por el sobre, cuando un rayo partió en dos su conciencia, paralizándolo al obscurecer sus días con la sombra del olvido. Echó los ojos al filo de la calle por donde había seguido el taxi que dejó, como un reflejo audaz pero inútil. El coche había desaparecido.

Pero si apenas hace unos segundos que me acabo de bajar.- Dijo para sí-. Y reconoció en sus palabras silenciosas un agrio sabor de incertidumbre. Corrió haciendo esfuerzos para equilibrar su pesado cuerpo con el vaivén del portafolio que arrugaba la hombrera izquierda de su saco. Llegó a la esquina y dio una pataleta con la mirada perdida al horizonte. Tiró su bulto al suelo y arrancó del cuello la banda inmaculada que lo distinguía como ministro de la iglesia.

Su tez enrojecida por el esfuerzo de la carrera y el rostro descompuesto llamaba la atención de quienes pasaban a su lado. Incluso una anciana bienintencionada fue objeto de un gruñido cuando le ofreció su ayuda.

¿Y ahora?. Pensó. ¿Cómo voy a recuperar esas fotos? Alzó el fardo, sacudió su oscuro pantalón y caminó al teléfono en la esquina. Recordó que en el trayecto, el chofer del taxi le había contado que todo el día escuchaba el radio mientras manejaba. Que así se le hacía menos pesado el tráfico y se sentía acompañado cuando no levantaba pasaje. Que incluso ya hasta se había ganado premios por encontrar la camioneta de regalos de la estación.

Cogió su cartera de la bolsa interior del saco y buscó la tarjeta de teléfono. Marcó un número de dos dígitos. Detrás de él comenzó la fila en el teléfono. Queriendo ser discreto, pidió informes sobre la estación de radio. Dirección y teléfono. Colgó. Volteó a ver a los que lo esperaban en la fila.

Una llamadita más, nomás, permítame. Y se volvió a oprimir la siete teclas. Mientras llamaba, giró con sonrisa amable.

Sí, ¿bueno?... Habla el Padre Recto Morales. Sí, morales. De un teléfono público señorita... Sí, mire. No, no hablo para votar por ningún grupo. Sino para que me haga usté el favor de avisar al aire que he perdido unas fotos; un sobre naranja. Sí, naranja. Lo olvidé en un taxi. No tengo el número de placas, pero lo que sé es que el chofer va escuchando esta estación y si dan el aviso quizás las recupere. Ese sobre es muy importante para mí. Sólo les pido que no lo abran y que no se lo entreguen a nadie más que a mí. Por favor. Estoy en el 6 16 00 16 Es público. Aquí espero. Gracias.

Colgó, habiéndose olvidado de que detrás suyo esperaban la bocina tres personas más. Dejó libre la cabina con movimientos torpes. Empujando a la gente con su portafolio abultado, se fue a ocupar el último lugar esperando su llamada.

El radio del coche encendido derramaba barbaridades verbales y entre ellas el aviso del Padre Morales. El locutor no dudó en comentar que al parecer el sobre naranja contenía “material interesante del curita”. Y, haciendo gala de esa licencia creativa que otorga el micrófono, empezó a especular sobre las posibilidades de su contenido, no sin morbo ni malicia en sus sugerencias. Que si las fotos de la primera comunión de una sobrina, que si un estudio profesional de la virgen del Tepeyac, o el reportaje gráfico de la canonización de Juan Diego. Invitó al público a votar sobre el tema de las fotos, quizás con la mejor intención de que fueran encontradas y devueltas al padrecito.

Después del corte volvió La Guapachosa. Varias personas hablaron para proponer nuevos temas y desear que apareciera el sobre que les estaba brindando motivos de gran satisfacción. Las propuestas iban desde ovnis hasta flores, imágenes de santos, reunión familiar, testimonios de obras de caridad, edificios...

Pero a Pancho no se le iba una. Llamó para decir que las fotos eran de su novia. Y colgó. Se quedó escuchando al locutor. Cuando oyó eso el chofer del taxi soltó una carcajada, y como un reflejo miró el sobre por el retrovisor. La novia del padre, ¡Bah! No sería raro –musitó. Y reaccionó rápido, mentándole la madre al audaz que se le cerró por la izquierda.

El Padre comenzaba a impacientarse porque el teléfono no se desocupaba. Era claro que a la gente le molestaba su presencia insistente. Su mirada esa de bonachón a fuerzas y la angustia reflejada en la frente sudada y el ademán recurrente de arreglarse la ropa. La mirada dispersa del prelado a ratos se detenía en las líneas del trasero de la chica en la bocina. Y en esos instantes sus ojos, ávidos de carne, parecían adivinar lo que debajo de la tela se guardaba. La muchacha colgó y miró con desprecio al sacerdote.

-Debería darle vergüenza, -le insinuó en la cara-. -Pecador. Y cruzó al otro lado de la acera para abordar un taxi.

Por fin era su turno otra vez. Pero ahora no quería llamar, sino contestar. Esperó, persuadiendo a quienes querían hacer uso del teléfono de que fueran breves o, de plano, a que mejor buscaran otra cabina, porque él estaba esperando una llamada muy importante. Unos comprendieron al padre en su aflicción. Otros lo miraban con recelo y se iban.

El reloj marcó las 6 de la tarde. Ya llevaba ocho horas custodiando la cabina.

El chofer del taxi había parado en una fonda a comer. Y la tarde de verano invitaba más a buscar la resolana que a sumergirse en las aguas del asfalto hirviente.

El Padre volvió a llamar.

Soy yo otra vez... Morales, el del sobre naranja. ¿Tienen noticias? Bueno, sigo aquí esperando. Gracias.

Amigos, nos acaba de llamar de nuevo el padrecito de las fotos, que no sean

gachos, que se las devuelvan. Y acá entre nos, digo, padrecito, si nos estás escuchando, si son tan importantes tus fotos, cuéntanos de qué se tratan. Ya aquí andamos bien intrigados. Y ojalá alguien las encuentre porque parece que sí le urgen al señor... digo, al Cura. Está esperando su llamada en el 6 16 00 16.

Iba a dejar hablar a un hombre con el que había discutido tres minutos, cuando sonó el teléfono. A tropezones y manotazos se abrió camino y cogió al vuelo la bocina.

¡¿Bueno?! ¿Encontraron el sobre? Voy para allá. ¿Cómo? ¿Dónde? No es necesario. No se moleste. Yo voy. Sí. Gracias. Está bien. En Medellín y Cuauhtémoc. Aquí espero. Gracias.

Dejó el auricular con una mezcla de calma y preocupación. ¿Por qué querrían entregarle personalmente y ahí, junto a la caseta de teléfonos, el sobre que perdió en el taxi? ¿Quién lo habría entregado?

A los pocos minutos llegaron a la esquina santa un par de patrullas en silencio pero con las torretas encendidas. Bajaron rápidamente, cogieron al señor por los brazos, y lo subieron a una de los coches. Arrancaron rechinando llantas rumbo a la delegación.

¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Adónde me llevan?! Sólo estoy esperando que me devuelvan unas fotos que olvidé en un taxi.

Ahorita las vas a tener, padrecito. Ya te las tenemos preparadas.

En su casa Pancho había dado el último sorbo al plato de sopa instantánea, se había limpiado la boca con la manga del saco y salido con un sobre naranja bajo la axila, a toda prisa. Caminó hasta la oficina de correos y contrató un envío urgente. Rotuló en el sobre el nombre del locutor de la estación y debajo la leyenda: “las fotos del padre, ábrelas”.

Pues parece que ya encontraron sus fotos padre. Si nos está escuchando en este momento, comuníquese con nosotros para que pase a recogerlas. Que bueno que todavía hay gente honesta, caray. Gracias amigos, por su cooperación. Ojalá nos venga a visitar el padrecito. A ver qué nos dice del famosos sobre naranja. Siguió invitando a “la raza” a llamar y a pedir sus canciones favoritas. El sobre estaba ahí a su lado junto a sus lentes oscuros imitación Ray Van. Y la invitación a abrirlo como la posibilidad de quien le pasa un dedo al merengue de un pastel que va a regalar. Y se dio gusto. Sólo que la sorpresa lo sacó del aire, por un rato, para convertirlo más tarde en el locutor noticia del dial.

En el trayecto a la Delegación, en la patrulla, Recto fue objeto de burlas, humillaciones y amenazas. Aunque reconoció en el tono de uno de los gendarmes cierta compasión de colega criminal.

¡¿De qué hablan?! Yo no hice nada. Llevo todo el día esperando una llamada. Nada más. Sí dejaba pasar a la gente.

Ya vimos tus fotos. No te hagas el inocente. Se te apestó tu plan. Cómo pudiste hacer eso. Y ser tan imbécil de avisar al radio. Por lo visto te quieres pasar el resto de tus días en a cárcel. -Que no ha de ser mucho peor que en el seminario, donde se les ocurren todas esas infamias. -Terció el oficial que iba manejando.

Por no coger, tienen la cabeza llena de semen. Rieron los tres en la patrulla. Y siguieron riéndose de él. Morales lloraba, no por las cosas que le decían, sino porque no entendía nada.

El proceso judicial que enfrentó Recto al imputarle las pruebas que lo acusaban por las atrocidades reflejadas en las fotos, lo condenaron a doce años de prisión.

“Los secuaces del padre in-Morales, siguen haciendo de las suyas. Aún no se ha podido atrapar a los desolladores de menores. Y las victimas se siguen sumando”. –comentó el locutor de radio una mañana.

Pancho, en la buhardilla del colegio, obliga a la joven a dejarse hacer, prometiéndole correr la misma suerte, si no obedece. Sobre el buró, reluce el filo del escalpelo que guarda en su hoja, orgulloso, el linaje mortal de la inocencia.

Pasado el tiempo, un día cualquiera, el despistado chofer de taxi encuentra, bajo el asiento del auto, arrugado y sucio un sobre naranja. Al abrirlo descubre fotografías de objetos sacros, las cuales decide exhibir en la sala de su casa como conveniente señal divina.

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Sobre mí

José Manuel Ruiz Regil (1968) Canta-autor y poeta desde los trece años. Creativo publicitario, guionista y locutor. Alumno del taller de dramaturgia de maestro Hugo Argüelles (1992-1993); cursó el diplomado en creación literaria en la Escuela de Escritores de La S.O.G.E.M. (1993-1995). Ha participado en los talleres de poesía en la Casa de Cultura de Coyoacán, con el maestro Oscar Oliva (1996), en el taller “Las bardas transitadas” del Centro Cultural El Octavo día (1995), en el taller del maestro Oscar Wong (1997). Co-fundador de la cooperativa Cuévano (1994); participó en la “Subasta de escritores” en El Hijo del Cuervo, Coyoacán (1995). Impartió las materias de redacción creativa en la Universidad de la Comunicación y Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación. Autor y conductor del programa radiofónico Caleidoscopio de Vida. Es autor de más de 100 canciones, de los poemarios, Retrato Intermitente (duerto-despiermo), Ediciones Cuévano (1996); Ratos y relatos; Dominio público-dominación privada (chistes en serio,; Motivos de escritura; cuentos para niños, crónicas de viaje; Cantata para la cuerda floja ; Luna en el café con crema; Ficcionerías; La casa por la ventana y otros lugares (Audiolibro/e-book), y editor de la hoja virtual quincenal Galería Urbana. Ganador del segundo y quinto "Slam poetry contest", obtuvo el 2do. lugar en el Slam nacional 2007.

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