La era de la dependencia o “pobrecito mi patrón...”.
“De que le sirve al hombre ganar le mundo, si pierde su alma” Mateo
Sostengo mi idea de que la tecnología, por muy avanzada que esté, simplemente (sin menosprecio) es una sombra, en el sentido platónico del término: ejercicio práctico de las posibilidades del ser, que como afirma la filosofía perenne, se dice de muchas maneras. La ciencia, la electrónica, la cibernética, la mecatrónica y todo lo demás del mundo fenoménico son herramientas que al ser desarrolladas por el cerebro humano despiertan y aumentan sus posibilidades y enseñan a dominarlo. Pero hay un peligro: en esta capacitación podemos distraernos con los juguetes y confundirnos; engolosinarnos con el medio y perder de vista el fin; olvidar que todos esos resultados los podemos obtener aún sin ellos. Teléfonos, cámaras, grabadoras, motores, microscopios. Como es arriba es abajo, reza la máxima hermética; como es adentro es afuera. Todo el universo está contenido en una sola de nuestras células. Lo demás es extensión de los sentidos. Privilegiarlos puede hacernos ganar el mundo; ¿y el alma? ¿Qué hacer con la experiencia infinita del alma y sus múltiples intuiciones y sinrazones? ¿Dónde queda el pensamiento de Pascal cuando advierte que “el corazón tiene razones que la razón no conoce”¿Habrá que supeditarlas a lo concreto, comprobable, predecible y razonable que ha vuelto nuestro mundo la Señora Hi Tech? Pareciera que a mayor dependencia tecnológica menos autonomía, más miedos, ataduras y apegos.
Estilos de vida fundamentados en proveer seguridades y mantenerlas, para luego supervisar su funcionamiento y asegurarse de que las cosas están donde deben estar y que no se mueven; nadie las mueve; y si sucede, poder desplegar todo un operativo para volverlas a su lugar y castigar, azuzar, atrapar o condenar a quien osó, no robar lo propio, sino desconectarnos de donde no acabamos de llegar por seguir estando acá; de quitarnos la posibilidad de seguir espiando nuestra ausencia.
Dejamos los coches estacionados con las alarmas puestas, y el alma la colgamos de un llavero, pues al menor pitido brincamos para asegurarnos de que la seguridad que dejamos no fue violada y el carro, la casa, la oficina o el negocio está, efectivamente, seguro donde lo dejamos. Buscamos las pequeñas y concretas certezas a falta de las grandes y escurridizas verdades.
Me llama la atención ver que ya casi no hacemos acuerdos voluntarios, ni bajo riesgo propio, sin antes hacer uso del celular para preguntar, validar, pedir autorización, confirmar, consultar, endosar, embarcar, deslindar o cualquier cosa que se le parezca a esta burocratización de la libertad. Ella prefiere, en vez de llegar a casa y estar sola, confirmar que él también va para allá. El aprovecha que ella todavía no llega para pasar a comprarle unas flores, pero la tentación de asegurarse que le dará gusto lo llevará a marcarle para preguntar: ¿Rojas o amarillas? Seguridad vs. Sorpresa. “Quería pasar a verte, pero mejor te mandé un mail”. “No puedo pagarle su defensa mi jefe, déjeme llamarle al dueño y ai se arregla usté con él”. “No puedo pagarle hasta que me paguen a mí, por cuestiones de orden administrativo, ¿sabe?” “Todavía no liberan el recurso. Se calló el sistema” “Mejor esperamos a que llegue el jefe, no vaya a ser”. “No podemos darle ese servicio, tenemos que comunicarnos con el gerente de zona”. ¿Y quién toma riesgos? ¿Quién decide por sí mismo? ¿Quién está dispuesto a no ser despedido de su autonomía? No bien acaba de bajarse el agredido de su coche cuando ya está rezando en su teléfono celular, pidiendo ayuda, llamando al “super 01 800” que todo lo posterga.
Al menor síntoma de enfermedad, se botan los seguros de gastos médicos, cuyo deducible, a veces, resulta más caro que la consulta unitaria con el médico familiar. Sí el recomendado de la tía Chole, no el del hospital de primer nivel (medicina general). Pero eso sí, la garantía de un buen hospital que te diga que no tienes nada, que con dieta blanda se te quita, bien vale el gasto.
Hemos aprendido las leyes de la física, de la química y de la biología. Sabemos cómo funcionan las cosa, tanto que nos hemos cosificado también. Hace unos días escuchaba a un trío de “señoras” (veintitantos) hablando de sus maridos como si fueran autos último modelo. Y ellas corredoras de bolsa en Wall Street.
Si es verdad que la mente precede a la materia, ¿no sería atractivo aprender a construir actitudes constructivas, respuestas sanas, proyecciones mentales armoniosas que generen confianza en un orden de cosas más afin a nuestra esencia y valernos de los aparatos y sistemas como lo que son: informadores auxiliares, amplificadores de lo que por nuestra desconexión con nosotros mismos no podemos conocer?
¿Por qué hacernos a un lado y dejarles el poder como perceptores básicos que distorsionan, deshabilitan y sesgan el flujo natural de la sabiduría interna, dejándonos en la zozobra porque se nos acabó el crédito, la pila o se fue la luz? Propiciemos el uso racional de las cosas, antes de que las cosas abusen de nuestra razón.
