Terminó de hornear los pasteles que iba a vender en los hoteles para poder pagar la renta de su casa que olía a menta. Se vistió muy elegante, con su anillo de diamante y salió cargando cajas saboreando entre los dientes un tamalito de rajas que guardaba en la despensa para cuando se sintiera tensa y su ansiedad no controlara.

Rosa, la osa golosa, en el camino no aguantó más, y contumaz, tuvo que parar a saborear su mercancía, pues lo único que hacía era pensar en comer, comer y comer. Aunque al final no le quedara ni un trocito que vender.

Triste, gorda y sin dinero regresó a su casa la rosa osa golosa, a volver a

hacer pasteles y también muchos tamales, para ofrecer en los trenes y

también en las centrales, donde la gente descansa y comiendo echa la

panza antes de irse a chambear, a descansar o de paseo. Nada de esto yo

lo sé, me lo invento y me lo creo.