De la trilogía del director Catalán José Juan Bigas Luna (Jamón, jamón, Huevos de oro, La teta y la luna) este último filme (1994) destaca como una obra maestra de sensibilidad. Erotismo contenido que combina la fantasía animista de un niño que negocia con la luna un poquito más de infancia para recuperar los mimos de su madre; el despertar sexual de un adolescente y su experiencia cercana con la muerte como dos presencias que expresan la pugna entre Eros y Tanatos, y la todavía rebelde resignación del amor maduro, al que no le importan los escarceos secretos de su esposa con un chaval, sino cómo afrontar su incipiente impotencia, la cual sublima a través de una demostración de poder en un espectáculo circense donde tira dardos de manera poco convencional.

Este elenco en torno a la teta de “Estrellita” (Mathilda May) va cobrando gravedad en una trama distorsionada por los ojos vírgenes de la voz narrativa: Tete (Biel Durán). Aparente perversión que limpia de prejuicios y resignifica los objetos y los actos creando una atmósfera real-maravillosa generada por la necesidad de satisfacer un deseo primario. Desbordada paleta poética que ilustra claramente el magnetismo que ejerce sobre la psique masculina el mítico seno femenino (grial, topos uranus, Arcadia de realización) para plantearlo como la Itaca soñada, destino y recompensa; acicate y conquista, e ilustrar, en esta intimidad, el mito del eterno retorno en los ciclos humanos; por metonimia, esta vuelta a la matriz que es guarida, fuente de seguridad.

A través de este viaje iniciático por la imaginación y los afectos, (no sin la complicidad deliciosa del abuelo) el infante resuelve su conflicto, que no sólo es la satisfacción de su íntimo deseo, sino la aceptación de su realidad y la continuación de su crecimiento, al acceder a una nueva etapa de autoafirmación en su vida a partir de la victoria dentro de los códigos de la tradición local-familiar.