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La Coctelera

Variopinto

De esto y de lo otro

8 Enero 2008

La casa anorbac

Al padrino de Natividad le chocaba que el chamaco se quedara como menso viendo la fachada de esa casa vieja y abandonada al otro lado de la calle. “¡Te quedas dormido con los ojos abiertos!”¿Qué ves, qué ves, pendejo?” –le decía-. Y azotaba la puerta que separaba el taller de la tienda. Los meses de Julio y Agosto eran martirizantes para el pequeño. Tenía que irse con ese viejo vulgar a hacer el trabajo más aburrido de la imprenta. Mientras sus compañeros de la escuela se iban a la feria o de pandilla a disfrutar sus vacaciones, él ensobretaba ridículas invitaciones de boda. El niño no tenía descanso. Por eso, a veces se perdía en el misterio de las formas de esa arquitectura que tanto lo fascinaba, hasta que aparecía el bruto de su tío, botijón, secándose las manos de tinta sobre la camiseta roída, y lo zapeaba. -¡Ah, qué muchachito tan soñador, hombre! ¿Qué le ve a esos pinches monigotes allá arriba, eh? ¡A trabajar! Y luego, para suavizar la exigencia lo abrazaba, riéndose a carcajadas, que le hacían brincar la lengua y la panza grasienta. –Cuando esté grande me va a agradecer que lo haya enseñado a trabajar desde chamaco. ¡Orale, cabrón!

Natividad hacía grandes esfuerzos por no distraerse. Le molestaba sentir la mano dura y sucia, que le imprimía en la nuca el sello de “no soñar”. Pero el repetitivo movimiento de sus manos, pasar el ocio ocupado de un pié a otro, y el monótono concierto de las máquinas impresoras de la calle, acababan por sumirlo en el más alucinante aburrimiento, del que sólo esa casa tenía el poder de sacarlo.

La parte más alta de esa mansión se había convertido, con el tiempo, en lujoso condominio de palomas que vigilaban la Plaza de Santo Domingo. Los balcones estaban sostenidos por unas estatuas mitad con forma de hombre y mitad pez. Todo esto alimentaba los ojos y la imaginación del niño que, cuando podía, espiaba el closet de tintas, lugar secreto donde el maestro impresor escondía revistas de nota roja, libros de luchas y fotos de mujeres desnudas, para extraer algunas hojas sueltas donde dibujar sus sueños, sin que el viejo se diera cuenta. Porque le molestaba que anduviera “haciendo mariconerías cuando él se preocupaba tanto por enseñarle algo de provecho”. Esto animó al pequeño soñador a saciar su curiosidad con las respuestas que le diera su imaginación y sus investigaciones secretas.

Una mañana, antes de salir el sol, el chico fue a pararse frente al enorme zaguán de la casa al otro lado de la calle. Veía cómo las escamas y los dorsos salían de la sombra para cumplir una jornada inútil, soportando los balcones un día más. De pronto, sin hacer ruido, la puerta monumental infranqueable hasta entonces, pareció abrirse sola. Nati sintió miedo y cruzó rápidamente la calle, para volver al taller. En ese momento su padrino alzaba la cortina amarilla con letras azules en la que alcanzaban a verse, mientras se enrollaba, los letreros de invitaciones, sellos, tarjetas, diplomas...

-Ora sí me ganó, mhijo. ¿Anda madrugador? ¿Ya le está gustando el trabajo, verdá? Pos vamos a darle, pa salir temprano. ¡Andele! –dijo el verdugo de las vacaciones. Puso en el mostrador un paquete de dos mil quinientas invitaciones para ensobretar ese mismo día, y tomó del closet un legajo de fotos con el que se metió al baño.

Para el medio día Nati no quería más que botar todo ese papelerío y salir corriendo a ver a sus amigos. Sin embargo, por alguna razón, que no era ayudarle a su padre postizo; ni el dinero, porque nada recibía “-estás aprendiendo-” él seguía en pié, viendo pasar a la gente, los coches, el ruido, el sol haciendo líquido el asfalto, clavada la mirada en esos hombres peces que a pesar de su gran musculatura y esa cola que sería veloz en el agua, estaban ahí deteniendo unos techos que no protegían a nadie; unos pisos sobre los que nadie se paraba.

Pero en un instante entre el sueño y la realidad, Nati dejó un sobre a medio cerrar. (“invitan a la celebración de su boda”). Salió por un costado del mostrador, cogido de la mano de un tritón que había abandonado su lugar para ir por él. Cruzaron la calle sin que nadie los viera, sin gritos ni claxonazos, y entraron a la casa. Una vez adentro la puerta se cerró sin hacer ruido y el tritón desapareció. El niño sentía que estaba soñando y quiso evitar el zape despertador. Pero al querer abrir la puerta enorme de cedro advirtió que ésta se había convertido en una infinita pared de ladrillo por donde se filtraba un humo verduzco, que ascendía las alturas misteriosas del edificio.

La planta baja era fría y seca. La poca luz que entraba por las ranuras de las tablas caía sobre el pequeño como lanzas de fuego que atravesaban su cuerpo. A lo lejos se oían lamentos y ecos de mil voces. Solo, en medio de la estancia vacía, sobre un piso rasposo e irregular, Natividad sintió mucho miedo. Y más que nada le aterrorizaba la idea de que su padrino no le perdonara haber dejado ahí el trabajo y salirse sin permiso. Dos gotas de ansiedad brotaron de sus ojos. Las lágrimas resbalaron por su pecho y piernas hasta llegar a los tobillos y se convirtieron en enormes ojos con aletas, cuyos nervios gruesos, largos y ramificados se enredaron fuertemente a sus tobillos. Posesionados del huésped, aletearon fuertemente para mover, uno tras otro, sus pies hacia la escalera. Lo subieron con muchos trabajos, provocándole severos golpes contra los escalones. ¡Auxilio! –gritaba cuando los ojos-peces le jalaban las piernas hacia arriba y, juntos, emitían un sonido como górgoros de varias voces. ¡Ayúdenme! Quiso aferrarse al barandal que se desmoronaba, pues era de una materia fecal deshidratada muy sensible al tacto. Mientras más se oponía a que los ojos inquisidores lo adentraran en el laberinto de aquella mansión, más se apretaban a sus piernas, que ya comenzaban a hincharse. Las pupilas descocadas giraban dentro de esos huevos nervudos y cambiaban de color el iris a dorado, rojo y violeta, alterando la frecuencia y tono de sus sonidos.

Sin saber cómo se halló en el primer piso de la enorme mansión. La atmósfera tibia contrastaba con el frío de la planta baja. Una luz tenue y pareja apenas dejaba ver un largo corredor y varias puertas a los lados. Al pasar se abrió una de ellas y pudo ver que había un sillón morado con mechones de pelo negro sobre los cojines. Estos se hinchaban y deshinchaban, jadeando igual que una adolescente histérica. Al centro había una mesa con un tintero y una pluma en su interior. Quiso cogerla para cortar los grilletes que le estrangulaban los pies. Pero la pluma, igual que el barandal de las escaleras, se deshizo al tacto. Entonces soltó un grito que llenó de horror el piso cuando los globos anfitriones lo arrastraron por el pasillo, y por debajo de una vaca colorada que pasaba de una habitación a otra.

(La cara al piso. La vaca atrás. Puertas abismos. Y en medio del caos, Nati cuelga bocabajo de un postigo).

Sus dedos caían como hilachos, rozando apenas el piso, cuando vio pasar enanos desnudos detrás de una mayora gorda con voz chillona. En una lengua muy antigua les ordenaba algo que los hacía agacharse para recoger el excremento que iba expulsando a su paso. Los ojos que le atenazaban los pies subieron unas escaleras en espiral. Todo alrededor era oscuro. Y en un rellano apareció un ser rubicundo de cabeza calva y bigotes largos, como forzudo de circo. Llevaba una soga amarrada al cuello que subía, perdiéndose en lo oscuro del techo infinito. Con un gesto loco pidió al invitado que lo empujara al vacío. Y en una suerte de valor y repulsión, Natividad pateó el dorso desnudo de la criatura, que cayó, y con él se desplomaron platos dorados con miembros estentóreos, acompañados de lechuga y aros de cebolla. El aroma agridulce, sucio y graso que despedían vació el estómago de Nati, perdido entre la náusea de una oscuridad hambrienta. La casa eructó rompiéndose de golpe la madera. Y del cráter salieron murciélagos-perro que revolotearon, ladrando y sin morder, la cabeza del infortunado, llenándola de guano.

Ya casi no veía. Su cuerpo se había cubierto de una sustancia gris gelatinosa que le ahogaba la vista y provocaba transformaciones en su piel. Pero aún así el niño seguía buscando una salida, arrastrando entre latas, comida y estiércol los ojos rojizos y fugaces, como la risa del silencio que con gritos y aleteos dementes lo llevaron al siguiente piso.

El instinto de supervivencia y el horror de aquella voluntad ajena hacían que el niño pataleara y arañara todo cuanto tenía a su paso. Pero sólo consiguió perder las uñas, encajadas en las paredes de piedra. Su sangre iba incendiando las cortinas.

En el segundo nivel no hacía tanto calor. Más bien era húmedo. La madera podrida ahí era mucho más frágil que en el resto de la casa. En una habitación había siete ancianas sentadas en unas mecedoras que colgaban del techo. Leían la biblia negra mientras el nivel del agua inundaba el cuarto, y se iban ahogando. Entonces surgían de su boca peces multicolor que flotaban entre los cajones del ropero y un espejo vacío. Los ojos anfitriones lo sacaron de ahí a tal velocidad que en el pasillo tropezó con un cíclope en muletas. Lo vio alejarse, tímido, ante su imposibilidad de andar. Iba tras una gallina que gritaba, con voz de mujer la receta de los chiles rellenos. ¡Pbuaap, pbuap, pbuap, pbuap, pbuaaap!

Buscando la salida de ese infierno, Natividad alcanzó el ático, con las vísceras a sus pies enfurecidas subiendo por sus piernas, incrustándole las escamas. El suelo rezumaba los mismos vapores fluorescentes de entre las grietas en el paredón de la entrada. Y al caminar tropezó con un baúl. Al abrirlo éste soltó sales y ruidos como de olas. Adentro había un paquete de sobres e invitaciones de boda que empezó a ordenar obsesivamente, con actitud sumisa, penitente. Y en esa tarea sintió el manazo seco, que le entintaba la nuca, y escuchó una voz lejana prohibiéndole soñar. Pero no volvió a sufrir el golpe de la realidad humana.


Transformado en un nuevo tritón, Nati observa a su padrino cada día hacer solo el trabajo que compartían; caminar por la acera rumbo a casa, lamentando su desaparición. A veces, juega a asustarlo, dejándole caer encima algunos sobres. Pero el necio no voltea. Teme darse cuenta de que en las alturas está su ahijado, vengando sus vacaciones.

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Sobre mí

José Manuel Ruiz Regil (1968) Canta-autor y poeta desde los trece años. Creativo publicitario, guionista y locutor. Alumno del taller de dramaturgia de maestro Hugo Argüelles (1992-1993); cursó el diplomado en creación literaria en la Escuela de Escritores de La S.O.G.E.M. (1993-1995). Ha participado en los talleres de poesía en la Casa de Cultura de Coyoacán, con el maestro Oscar Oliva (1996), en el taller “Las bardas transitadas” del Centro Cultural El Octavo día (1995), en el taller del maestro Oscar Wong (1997). Co-fundador de la cooperativa Cuévano (1994); participó en la “Subasta de escritores” en El Hijo del Cuervo, Coyoacán (1995). Impartió las materias de redacción creativa en la Universidad de la Comunicación y Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación. Autor y conductor del programa radiofónico Caleidoscopio de Vida. Es autor de más de 100 canciones, de los poemarios, Retrato Intermitente (duerto-despiermo), Ediciones Cuévano (1996); Ratos y relatos; Dominio público-dominación privada (chistes en serio,; Motivos de escritura; cuentos para niños, crónicas de viaje; Cantata para la cuerda floja ; Luna en el café con crema; Ficcionerías; La casa por la ventana y otros lugares (Audiolibro/e-book), y editor de la hoja virtual quincenal Galería Urbana. Ganador del segundo y quinto "Slam poetry contest", obtuvo el 2do. lugar en el Slam nacional 2007.

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