No, yo no poseo a la poesía


Pues ella me posee a mí

Cuando quiero cantar, reír o llorar

Es su aliento que inunda mi/ sangre.

Co-mo una espiral que va ascendiendo,

Consumo mis días en visiones,

Vomito ilusiones, consumo oraciones,

Me vuelvo una cruz de ceniza.

No, yo no poseo a la poesía

Pues ella me posee a mí,

impone su aroma en mi puño y encuentro la voz

De un antiguo patricarca.

To-dos los poetas se congregan

El estro es tumulto nocturno,

La voz de un hermano revela un arcano,

Los mitos y generaciones.

Paz, Vallejo, Cruz, Neruda,

Sabines, Sor Juana, Quevedo,

Comparsas ausentes, presentes en libros

Regalan las claves del canto.

Es-ta tradición a la que sumo

Mi voz incipiente en creaciones,

Me acuna, me empuja, me exige y reclama

Cambiar/ los antiguos patrones.

Yo, que voy formando el escenario

Del tiempo que efímero pasa,

Cultivo la rosa, de Borges los dones,

Aleph de una nueva conciencia.

Ho-mero, Cervantes y Quevedo,

Machado, Ciorán y los Beatniks,

Las sienes me pulsan, espectros ardientes

Su llama en desvelo calcina.

Silencio.... las musas escuchan...

Por eso no, yo no poseo a la poesía,

Es ella quien me posee a mí.

Y prefiero callar a tener que nombrar

Un mundo repetido/, sometido,

prometido más nunca cumplido,

evocado en las ausencias inconscientes

de la droga, el duermevela o el orgasmo

¡Qué marasmo!, si el Nirvana Ramayana

está al alcance de la mano/, un Haiku,

un verso blanco yo prefiero, para iluminar

la vida que escribo.

Porque yo no poseo a la poesía

Es ella quien me posee a mí

Y si un día creí que yo la poseía

Era ella/ la que en mi versos existía

Me rindo/ a las caderas de su rima,

Me enredo/ en los mechones de su ritmo

Me embriago/ de su pecho, en su lecho consumo

La unión/ de los supuestos.


Silencio... las musas escuchan...