Buscó entre sus ropas. Vació el portafolio que cargaba, colgado de un hombro. El hombre de negro giraba en torno suyo, inquiriendo a sus bolsillos por el sobre, cuando un rayo partió en dos su conciencia, paralizándolo al obscurecer sus días con la sombra del olvido. Echó los ojos al filo de la calle por donde había seguido el taxi que dejó, como un reflejo audaz pero inútil. El coche había desaparecido.
Pero si apenas hace unos segundos que me acabo de bajar.- Dijo para sí-. Y reconoció en sus palabras silenciosas un agrio sabor de incertidumbre. Corrió haciendo esfuerzos para equilibrar su pesado cuerpo con el vaivén del portafolio que arrugaba la hombrera izquierda de su saco. Llegó a la esquina y dio una pataleta con la mirada perdida al horizonte. Tiró su bulto al suelo y arrancó del cuello la banda inmaculada que lo distinguía como ministro de la iglesia.
Su tez enrojecida por el esfuerzo de la carrera y el rostro descompuesto llamaba la atención de quienes pasaban a su lado. Incluso una anciana bienintencionada fue objeto de un gruñido cuando le ofreció su ayuda.
¿Y ahora?. Pensó. ¿Cómo voy a recuperar esas fotos? Alzó el fardo, sacudió su oscuro pantalón y caminó al teléfono en la esquina. Recordó que en el trayecto, el chofer del taxi le había contado que todo el día escuchaba el radio mientras manejaba. Que así se le hacía menos pesado el tráfico y se sentía acompañado cuando no levantaba pasaje. Que incluso ya hasta se había ganado premios por encontrar la camioneta de regalos de la estación.
Cogió su cartera de la bolsa interior del saco y buscó la tarjeta de teléfono. Marcó un número de dos dígitos. Detrás de él comenzó la fila en el teléfono. Queriendo ser discreto, pidió informes sobre la estación de radio. Dirección y teléfono. Colgó. Volteó a ver a los que lo esperaban en la fila.
Una llamadita más, nomás, permítame. Y se volvió a oprimir la siete teclas. Mientras llamaba, giró con sonrisa amable.
Sí, ¿bueno?... Habla el Padre Recto Morales. Sí, morales. De un teléfono público señorita... Sí, mire. No, no hablo para votar por ningún grupo. Sino para que me haga usté el favor de avisar al aire que he perdido unas fotos; un sobre naranja. Sí, naranja. Lo olvidé en un taxi. No tengo el número de placas, pero lo que sé es que el chofer va escuchando esta estación y si dan el aviso quizás las recupere. Ese sobre es muy importante para mí. Sólo les pido que no lo abran y que no se lo entreguen a nadie más que a mí. Por favor. Estoy en el 6 16 00 16 Es público. Aquí espero. Gracias.
Colgó, habiéndose olvidado de que detrás suyo esperaban la bocina tres personas más. Dejó libre la cabina con movimientos torpes. Empujando a la gente con su portafolio abultado, se fue a ocupar el último lugar esperando su llamada.
El radio del coche encendido derramaba barbaridades verbales y entre ellas el aviso del Padre Morales. El locutor no dudó en comentar que al parecer el sobre naranja contenía “material interesante del curita”. Y, haciendo gala de esa licencia creativa que otorga el micrófono, empezó a especular sobre las posibilidades de su contenido, no sin morbo ni malicia en sus sugerencias. Que si las fotos de la primera comunión de una sobrina, que si un estudio profesional de la virgen del Tepeyac, o el reportaje gráfico de la canonización de Juan Diego. Invitó al público a votar sobre el tema de las fotos, quizás con la mejor intención de que fueran encontradas y devueltas al padrecito.
Después del corte volvió La Guapachosa. Varias personas hablaron para proponer nuevos temas y desear que apareciera el sobre que les estaba brindando motivos de gran satisfacción. Las propuestas iban desde ovnis hasta flores, imágenes de santos, reunión familiar, testimonios de obras de caridad, edificios...
Pero a Pancho no se le iba una. Llamó para decir que las fotos eran de su novia. Y colgó. Se quedó escuchando al locutor. Cuando oyó eso el chofer del taxi soltó una carcajada, y como un reflejo miró el sobre por el retrovisor. La novia del padre, ¡Bah! No sería raro –musitó. Y reaccionó rápido, mentándole la madre al audaz que se le cerró por la izquierda.
El Padre comenzaba a impacientarse porque el teléfono no se desocupaba. Era claro que a la gente le molestaba su presencia insistente. Su mirada esa de bonachón a fuerzas y la angustia reflejada en la frente sudada y el ademán recurrente de arreglarse la ropa. La mirada dispersa del prelado a ratos se detenía en las líneas del trasero de la chica en la bocina. Y en esos instantes sus ojos, ávidos de carne, parecían adivinar lo que debajo de la tela se guardaba. La muchacha colgó y miró con desprecio al sacerdote.
-Debería darle vergüenza, -le insinuó en la cara-. -Pecador. Y cruzó al otro lado de la acera para abordar un taxi.
Por fin era su turno otra vez. Pero ahora no quería llamar, sino contestar. Esperó, persuadiendo a quienes querían hacer uso del teléfono de que fueran breves o, de plano, a que mejor buscaran otra cabina, porque él estaba esperando una llamada muy importante. Unos comprendieron al padre en su aflicción. Otros lo miraban con recelo y se iban.
El reloj marcó las 6 de la tarde. Ya llevaba ocho horas custodiando la cabina.
El chofer del taxi había parado en una fonda a comer. Y la tarde de verano invitaba más a buscar la resolana que a sumergirse en las aguas del asfalto hirviente.
El Padre volvió a llamar.
Soy yo otra vez... Morales, el del sobre naranja. ¿Tienen noticias? Bueno, sigo aquí esperando. Gracias.
Amigos, nos acaba de llamar de nuevo el padrecito de las fotos, que no sean
gachos, que se las devuelvan. Y acá entre nos, digo, padrecito, si nos estás escuchando, si son tan importantes tus fotos, cuéntanos de qué se tratan. Ya aquí andamos bien intrigados. Y ojalá alguien las encuentre porque parece que sí le urgen al señor... digo, al Cura. Está esperando su llamada en el 6 16 00 16.
Iba a dejar hablar a un hombre con el que había discutido tres minutos, cuando sonó el teléfono. A tropezones y manotazos se abrió camino y cogió al vuelo la bocina.
¡¿Bueno?! ¿Encontraron el sobre? Voy para allá. ¿Cómo? ¿Dónde? No es necesario. No se moleste. Yo voy. Sí. Gracias. Está bien. En Medellín y Cuauhtémoc. Aquí espero. Gracias.
Dejó el auricular con una mezcla de calma y preocupación. ¿Por qué querrían entregarle personalmente y ahí, junto a la caseta de teléfonos, el sobre que perdió en el taxi? ¿Quién lo habría entregado?
A los pocos minutos llegaron a la esquina santa un par de patrullas en silencio pero con las torretas encendidas. Bajaron rápidamente, cogieron al señor por los brazos, y lo subieron a una de los coches. Arrancaron rechinando llantas rumbo a la delegación.
¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Adónde me llevan?! Sólo estoy esperando que me devuelvan unas fotos que olvidé en un taxi.
Ahorita las vas a tener, padrecito. Ya te las tenemos preparadas.
En su casa Pancho había dado el último sorbo al plato de sopa instantánea, se había limpiado la boca con la manga del saco y salido con un sobre naranja bajo la axila, a toda prisa. Caminó hasta la oficina de correos y contrató un envío urgente. Rotuló en el sobre el nombre del locutor de la estación y debajo la leyenda: “las fotos del padre, ábrelas”.
Pues parece que ya encontraron sus fotos padre. Si nos está escuchando en este momento, comuníquese con nosotros para que pase a recogerlas. Que bueno que todavía hay gente honesta, caray. Gracias amigos, por su cooperación. Ojalá nos venga a visitar el padrecito. A ver qué nos dice del famosos sobre naranja. Siguió invitando a “la raza” a llamar y a pedir sus canciones favoritas. El sobre estaba ahí a su lado junto a sus lentes oscuros imitación Ray Van. Y la invitación a abrirlo como la posibilidad de quien le pasa un dedo al merengue de un pastel que va a regalar. Y se dio gusto. Sólo que la sorpresa lo sacó del aire, por un rato, para convertirlo más tarde en el locutor noticia del dial.
En el trayecto a la Delegación, en la patrulla, Recto fue objeto de burlas, humillaciones y amenazas. Aunque reconoció en el tono de uno de los gendarmes cierta compasión de colega criminal.
¡¿De qué hablan?! Yo no hice nada. Llevo todo el día esperando una llamada. Nada más. Sí dejaba pasar a la gente.
Ya vimos tus fotos. No te hagas el inocente. Se te apestó tu plan. Cómo pudiste hacer eso. Y ser tan imbécil de avisar al radio. Por lo visto te quieres pasar el resto de tus días en a cárcel. -Que no ha de ser mucho peor que en el seminario, donde se les ocurren todas esas infamias. -Terció el oficial que iba manejando.
Por no coger, tienen la cabeza llena de semen. Rieron los tres en la patrulla. Y siguieron riéndose de él. Morales lloraba, no por las cosas que le decían, sino porque no entendía nada.
El proceso judicial que enfrentó Recto al imputarle las pruebas que lo acusaban por las atrocidades reflejadas en las fotos, lo condenaron a doce años de prisión.
“Los secuaces del padre in-Morales, siguen haciendo de las suyas. Aún no se ha podido atrapar a los desolladores de menores. Y las victimas se siguen sumando”. –comentó el locutor de radio una mañana.
Pancho, en la buhardilla del colegio, obliga a la joven a dejarse hacer, prometiéndole correr la misma suerte, si no obedece. Sobre el buró, reluce el filo del escalpelo que guarda en su hoja, orgulloso, el linaje mortal de la inocencia.
Pasado el tiempo, un día cualquiera, el despistado chofer de taxi encuentra, bajo el asiento del auto, arrugado y sucio un sobre naranja. Al abrirlo descubre fotografías de objetos sacros, las cuales decide exhibir en la sala de su casa como conveniente señal divina.
servido por jmrr
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Al padrino de Natividad le chocaba que el chamaco se quedara como menso viendo la fachada de esa casa vieja y abandonada al otro lado de la calle. “¡Te quedas dormido con los ojos abiertos!”¿Qué ves, qué ves, pendejo?” –le decía-. Y azotaba la puerta que separaba el taller de la tienda. Los meses de Julio y Agosto eran martirizantes para el pequeño. Tenía que irse con ese viejo vulgar a hacer el trabajo más aburrido de la imprenta. Mientras sus compañeros de la escuela se iban a la feria o de pandilla a disfrutar sus vacaciones, él ensobretaba ridículas invitaciones de boda. El niño no tenía descanso. Por eso, a veces se perdía en el misterio de las formas de esa arquitectura que tanto lo fascinaba, hasta que aparecía el bruto de su tío, botijón, secándose las manos de tinta sobre la camiseta roída, y lo zapeaba. -¡Ah, qué muchachito tan soñador, hombre! ¿Qué le ve a esos pinches monigotes allá arriba, eh? ¡A trabajar! Y luego, para suavizar la exigencia lo abrazaba, riéndose a carcajadas, que le hacían brincar la lengua y la panza grasienta. –Cuando esté grande me va a agradecer que lo haya enseñado a trabajar desde chamaco. ¡Orale, cabrón!
Natividad hacía grandes esfuerzos por no distraerse. Le molestaba sentir la mano dura y sucia, que le imprimía en la nuca el sello de “no soñar”. Pero el repetitivo movimiento de sus manos, pasar el ocio ocupado de un pié a otro, y el monótono concierto de las máquinas impresoras de la calle, acababan por sumirlo en el más alucinante aburrimiento, del que sólo esa casa tenía el poder de sacarlo.
La parte más alta de esa mansión se había convertido, con el tiempo, en lujoso condominio de palomas que vigilaban la Plaza de Santo Domingo. Los balcones estaban sostenidos por unas estatuas mitad con forma de hombre y mitad pez. Todo esto alimentaba los ojos y la imaginación del niño que, cuando podía, espiaba el closet de tintas, lugar secreto donde el maestro impresor escondía revistas de nota roja, libros de luchas y fotos de mujeres desnudas, para extraer algunas hojas sueltas donde dibujar sus sueños, sin que el viejo se diera cuenta. Porque le molestaba que anduviera “haciendo mariconerías cuando él se preocupaba tanto por enseñarle algo de provecho”. Esto animó al pequeño soñador a saciar su curiosidad con las respuestas que le diera su imaginación y sus investigaciones secretas.
Una mañana, antes de salir el sol, el chico fue a pararse frente al enorme zaguán de la casa al otro lado de la calle. Veía cómo las escamas y los dorsos salían de la sombra para cumplir una jornada inútil, soportando los balcones un día más. De pronto, sin hacer ruido, la puerta monumental infranqueable hasta entonces, pareció abrirse sola. Nati sintió miedo y cruzó rápidamente la calle, para volver al taller. En ese momento su padrino alzaba la cortina amarilla con letras azules en la que alcanzaban a verse, mientras se enrollaba, los letreros de invitaciones, sellos, tarjetas, diplomas...
-Ora sí me ganó, mhijo. ¿Anda madrugador? ¿Ya le está gustando el trabajo, verdá? Pos vamos a darle, pa salir temprano. ¡Andele! –dijo el verdugo de las vacaciones. Puso en el mostrador un paquete de dos mil quinientas invitaciones para ensobretar ese mismo día, y tomó del closet un legajo de fotos con el que se metió al baño.
Para el medio día Nati no quería más que botar todo ese papelerío y salir corriendo a ver a sus amigos. Sin embargo, por alguna razón, que no era ayudarle a su padre postizo; ni el dinero, porque nada recibía “-estás aprendiendo-” él seguía en pié, viendo pasar a la gente, los coches, el ruido, el sol haciendo líquido el asfalto, clavada la mirada en esos hombres peces que a pesar de su gran musculatura y esa cola que sería veloz en el agua, estaban ahí deteniendo unos techos que no protegían a nadie; unos pisos sobre los que nadie se paraba.
Pero en un instante entre el sueño y la realidad, Nati dejó un sobre a medio cerrar. (“invitan a la celebración de su boda”). Salió por un costado del mostrador, cogido de la mano de un tritón que había abandonado su lugar para ir por él. Cruzaron la calle sin que nadie los viera, sin gritos ni claxonazos, y entraron a la casa. Una vez adentro la puerta se cerró sin hacer ruido y el tritón desapareció. El niño sentía que estaba soñando y quiso evitar el zape despertador. Pero al querer abrir la puerta enorme de cedro advirtió que ésta se había convertido en una infinita pared de ladrillo por donde se filtraba un humo verduzco, que ascendía las alturas misteriosas del edificio.
La planta baja era fría y seca. La poca luz que entraba por las ranuras de las tablas caía sobre el pequeño como lanzas de fuego que atravesaban su cuerpo. A lo lejos se oían lamentos y ecos de mil voces. Solo, en medio de la estancia vacía, sobre un piso rasposo e irregular, Natividad sintió mucho miedo. Y más que nada le aterrorizaba la idea de que su padrino no le perdonara haber dejado ahí el trabajo y salirse sin permiso. Dos gotas de ansiedad brotaron de sus ojos. Las lágrimas resbalaron por su pecho y piernas hasta llegar a los tobillos y se convirtieron en enormes ojos con aletas, cuyos nervios gruesos, largos y ramificados se enredaron fuertemente a sus tobillos. Posesionados del huésped, aletearon fuertemente para mover, uno tras otro, sus pies hacia la escalera. Lo subieron con muchos trabajos, provocándole severos golpes contra los escalones. ¡Auxilio! –gritaba cuando los ojos-peces le jalaban las piernas hacia arriba y, juntos, emitían un sonido como górgoros de varias voces. ¡Ayúdenme! Quiso aferrarse al barandal que se desmoronaba, pues era de una materia fecal deshidratada muy sensible al tacto. Mientras más se oponía a que los ojos inquisidores lo adentraran en el laberinto de aquella mansión, más se apretaban a sus piernas, que ya comenzaban a hincharse. Las pupilas descocadas giraban dentro de esos huevos nervudos y cambiaban de color el iris a dorado, rojo y violeta, alterando la frecuencia y tono de sus sonidos.
Sin saber cómo se halló en el primer piso de la enorme mansión. La atmósfera tibia contrastaba con el frío de la planta baja. Una luz tenue y pareja apenas dejaba ver un largo corredor y varias puertas a los lados. Al pasar se abrió una de ellas y pudo ver que había un sillón morado con mechones de pelo negro sobre los cojines. Estos se hinchaban y deshinchaban, jadeando igual que una adolescente histérica. Al centro había una mesa con un tintero y una pluma en su interior. Quiso cogerla para cortar los grilletes que le estrangulaban los pies. Pero la pluma, igual que el barandal de las escaleras, se deshizo al tacto. Entonces soltó un grito que llenó de horror el piso cuando los globos anfitriones lo arrastraron por el pasillo, y por debajo de una vaca colorada que pasaba de una habitación a otra.
(La cara al piso. La vaca atrás. Puertas abismos. Y en medio del caos, Nati cuelga bocabajo de un postigo).
Sus dedos caían como hilachos, rozando apenas el piso, cuando vio pasar enanos desnudos detrás de una mayora gorda con voz chillona. En una lengua muy antigua les ordenaba algo que los hacía agacharse para recoger el excremento que iba expulsando a su paso. Los ojos que le atenazaban los pies subieron unas escaleras en espiral. Todo alrededor era oscuro. Y en un rellano apareció un ser rubicundo de cabeza calva y bigotes largos, como forzudo de circo. Llevaba una soga amarrada al cuello que subía, perdiéndose en lo oscuro del techo infinito. Con un gesto loco pidió al invitado que lo empujara al vacío. Y en una suerte de valor y repulsión, Natividad pateó el dorso desnudo de la criatura, que cayó, y con él se desplomaron platos dorados con miembros estentóreos, acompañados de lechuga y aros de cebolla. El aroma agridulce, sucio y graso que despedían vació el estómago de Nati, perdido entre la náusea de una oscuridad hambrienta. La casa eructó rompiéndose de golpe la madera. Y del cráter salieron murciélagos-perro que revolotearon, ladrando y sin morder, la cabeza del infortunado, llenándola de guano.
Ya casi no veía. Su cuerpo se había cubierto de una sustancia gris gelatinosa que le ahogaba la vista y provocaba transformaciones en su piel. Pero aún así el niño seguía buscando una salida, arrastrando entre latas, comida y estiércol los ojos rojizos y fugaces, como la risa del silencio que con gritos y aleteos dementes lo llevaron al siguiente piso.
El instinto de supervivencia y el horror de aquella voluntad ajena hacían que el niño pataleara y arañara todo cuanto tenía a su paso. Pero sólo consiguió perder las uñas, encajadas en las paredes de piedra. Su sangre iba incendiando las cortinas.
En el segundo nivel no hacía tanto calor. Más bien era húmedo. La madera podrida ahí era mucho más frágil que en el resto de la casa. En una habitación había siete ancianas sentadas en unas mecedoras que colgaban del techo. Leían la biblia negra mientras el nivel del agua inundaba el cuarto, y se iban ahogando. Entonces surgían de su boca peces multicolor que flotaban entre los cajones del ropero y un espejo vacío. Los ojos anfitriones lo sacaron de ahí a tal velocidad que en el pasillo tropezó con un cíclope en muletas. Lo vio alejarse, tímido, ante su imposibilidad de andar. Iba tras una gallina que gritaba, con voz de mujer la receta de los chiles rellenos. ¡Pbuaap, pbuap, pbuap, pbuap, pbuaaap!
Buscando la salida de ese infierno, Natividad alcanzó el ático, con las vísceras a sus pies enfurecidas subiendo por sus piernas, incrustándole las escamas. El suelo rezumaba los mismos vapores fluorescentes de entre las grietas en el paredón de la entrada. Y al caminar tropezó con un baúl. Al abrirlo éste soltó sales y ruidos como de olas. Adentro había un paquete de sobres e invitaciones de boda que empezó a ordenar obsesivamente, con actitud sumisa, penitente. Y en esa tarea sintió el manazo seco, que le entintaba la nuca, y escuchó una voz lejana prohibiéndole soñar. Pero no volvió a sufrir el golpe de la realidad humana.
Transformado en un nuevo tritón, Nati observa a su padrino cada día hacer solo el trabajo que compartían; caminar por la acera rumbo a casa, lamentando su desaparición. A veces, juega a asustarlo, dejándole caer encima algunos sobres. Pero el necio no voltea. Teme darse cuenta de que en las alturas está su ahijado, vengando sus vacaciones.
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