Une pomme
(De Príapo)
Une pomme. Eso fue lo que pensó cuando vio pasar a aquella chaparrita frente a él, haciendo un pequeño quiebre de cintura, un poco más exagerado que de costumbre. Ese día, como los anteriores, salió brincando los escalones del edificio Santa Rosa, frente a la costera jamaiquina, para alcanzar la playa al ritmo de sus caderas prisioneras en el short de mezclilla que apenas la cubría. Como manzana madura, que espera la mordida que la hará soltar su jugo, así estaban esas nalgas, despiertas, ansiosas, juguetonas, amasando paso a paso el cojín apelambrado de la entrepierna.
Sus ojos extirpados de la realidad abandonaron las cuencas que lo contenían y se fueron detrás de la grupa prometida. Hasta que la arena las interceptó. Pero la inercia de los doscientos o trescientos metros recorridos a pleno rayo de sol cedió ante el obstáculo del cuerpo ajeno que ya se había apoltronado en una silla, junto a una palapa. Como si ay qué casualidad, y con una ingenuidad costera, la dueña de ese culo, como una reina que todo lo merece pero no sabe de quién lo recibe, extendió la mano sujetando una botella de bronceador, y aprovechando la casualidad de su tropiezo, y con despreciativo descuido, alargó su brazo a Aarón que la seguía, como si de cualquiera se tratara. Este sin más tomó la botellita, vertió un poco del lechoso lubricante y empezó a esparcirlo sobre el muslo derecho de la diosa. Más atención merecía el viento, o el sonido que aún no alcanzaban sus oídos, que la palma del desconocido sobre su lúbrica piel. De eso se dio cuenta el servidor y comenzó a explorar maliciosamente hacia la zona caliente. Lejos de turbarse, la hembra aceptó, con una reacción involuntaria que dejó salir un suave quejido, para dejar sus labios entreabiertos a la brisa salada del paisaje.
Cuidadosamente eligió el dedo con el que signaría su isla. Comenzó a merodear y a encapricharse con la dura mezclilla del short y el elástico de los calzones. Sabía que un mínimo pellizco rompería el ritmo de su tentativa a riesgo de quedar como un bruto y ser rechazado por vulgar. Pero su mano experta de chef frutal salvó la primera prueba justo cuando la muchacha hizo un movimiento de cadera para desabrocharse los shorts de la cintura y deslizarse hacia fuera con todo y ropa interior.
Luego de acomodarse en la tumbona dio la jugosa bienvenida al dedo artista. Adentro de su vulva, ardiente más de urgencia que de mediodía, fluía el mar entero y sus corrientes encontradas. Aarón cerró los ojos y dejó a las yemas de sus dedos lo guiaran por aquel paraíso acuático, donde arrecifes y bancos de peces lo instaban a ir más y más adentro.
Ella sujetó el brazo ordenando sin hablar que se quedara quieto. Quizás había encontrado el sitio justo donde la mar se vuelve lava. Pero no podía dejarse. Si el dedo se aquietaba, el cuerpo todo se movía y con ayuda de su otro brazo y suaves contoneos de su cadera, logró quitarse las bermudas. Contrahecho entonces por la sujeción de su mano derecha incrustó su cara entre los senos. La chica soltó un gemido de sorpresa y llevó sus manos a la cabeza trillando su cabello con los dedos, mesando con fruición el contorno crespo del cráneo que se hendía a fuerza de saliva entre sus boyas. Después de unos minutos el buzo emergió solo para cambiar de respiradero. Ahora acometió contra sus labios carnosos usando su lengua como anzuelo. Una vez asidos por la boca liberó su mano para llevarla al miembro hinchado ya, y dirigirlo al centro de la rajadura abandonada. Al primer embate, Anita se quejó de alivio, y quiso aprisionar la espalda que le tapiaba el pecho, enterrando las uñas por debajo de los hombros.
Durante la resaca la pareja retomó el nicho del sillón playero. El peso de los dos levantó el camastro y se irguieron unas piernas torneadas por la tensión. Las manos vacilantes de Aarón frotaban de ida y vuelta esos senos sedosos, y sus firmes pezones, que resistían los jalones de sus dedos índice y pulgar. Los suaves gemidos que esto provocaba eran alientos para ir más a fondo y tocar firme. Como el mar rompiendo olas en la costa del placer. La tensión crecía y las manos entrelazadas de los dos buscaban el cielo inmenso. Así los pies que parecían empujar el aire para elevarse más y más en las profundas alturas del sexo.
De pronto, como por acuerdo del lenguaje salival, Anita alzó una pierna y la giró hacia el lado contrario, al tiempo que Aarón se levantó para cogerla de la cintura y ver ante sus ojos la emergencia de lo que volvió a sugerirle la imagen de Une pomme, las caderas rotundas de la negra. Con toda una espalda larga y húmeda para deslizar sus manos, fue y vino, vino y fue y se agarró al pliegue de la pierna para reducir el efecto de sus embestidas. Los pequeños golpecitos arrancaban ayes indefensos. Empinada en cuatro puntos la muchacha hacía por detener sus tetas pendulares, alzando los cuartos traseros por donde seguía aquel garañón partiendo plaza.
Cambió la luz sobre la arena, el rugir de las olas rompiéndose en la playa pareció un leve susurro, el mundo se hizo tibio y en un escalofrío los dos cuerpos se volvieron agua, mezclando sus corrientes furtivas en un río de besos y alientos lacios. La negra culona vió otra vez de frente al desconocido y con un levantar de cejas señaló el pomo de bronceador. Este, sin más, lo recogió del piso y siguió aplicando sobre los hombros, esperando a que su mástil pudiera nuevamente izar las velas de la lujuria.
